La gestión de riesgos en la Escuela Bosque

Todos los niños y niñas, pequeños y grandes, son curiosos por naturaleza. Seguro que has tenido cerca un niño de 3 años que te pregunta ¿y por qué…? cada diez segundos y, si buscas en tu memoria, serás capaz de encontrar alguna anécdota de aquellas en que los niños, en su inocencia, siguen sus impulsos y tienen las ocurrencias más divertidas. Somos curiosos. No sólo los niños. Muchos adultos mantenemos nuestra curiosidad intacta o intentamos re-despertarla, pues sentimos que aún tenemos camino por recorrer. Pero es precisamente esta curiosidad que tanto admiramos la que, en ocasiones, puede llevarnos a situaciones de riesgo. Como os expliqué en el artículo sobre el juego, hace falta tener presente que lidiar con nuevos retos a menudo conlleva riesgos: desde dar tus primeros pasos a trepar a un árbol o construir un refugio con elementos naturales, toda actividad conlleva sus riesgos, pero estos raramente pueden eliminarse por completo sin sabotear el aprendizaje.

A diferencia del entorno laboral donde el objetivo es eliminar riesgos, en las Escuelas Bosque (y por extensión en nuestra tarea como padres) nuestro papel es el permitir que cada niño se vea expuesto a los riesgos que es capaz de manejar por sí mismo teniendo presente su madurez mental, física y emocional. Se trata de darles la oportunidad de enfrentarse a riesgos controlados.

Por lo general, los adultos tendemos a subestimar las capacidades de los niños y, a menudo, somos demasiado rápidos con nuestras advertencias, entorpeciendo su desarrollo. Si te encuentras frecuentemente diciendo un ¡ten cuidado! o ¡vigila! no te sientas mal, no estás sólo. Para completar este artículo, en mi blog personal os dejo también una entrada sobre alternativas al ten cuidado que quizás pueda ayudarte.

En los últimos años, uno de los mayores obstáculos en la crianza y la educación es la sobreprotección. Es evidente que al permitir que los niños exploren libremente es posible que ocurran pequeños accidentes pero los arañazos y los moratones deberían, desde mi punto de vista, considerarse normales durante el desarrollo de nuestros hijos y alumnos. Ciertamente, a nadie le gustan las visitas a urgencias y vamos a trabajar para que no nos toque correr hacia el hospital pero se trata de encontrar un enfoque proporcionado. A mi me gusta pensar en la gestión de riesgos como una búsqueda del equilibrio entre las oportunidades de aprendizaje y la seguridad física y emocional de los infantes. Así, realizando una gestión de riesgos y una supervisión adecuada nos aseguramos de que los niños pueden jugar de forma suficientemente segura.

Quiero remarcar también que en la actualidad el tiempo que los niños pasan al aire libre se ha reducido drásticamente por lo que muchos niños no están familiarizados con el entorno natural. Además, sus agendas están repletas de actividades estructuradas pero hay pocas oportunidades para el juego libre y para ser ellos quienes guíen su aprendizaje. Como guías de escuela bosque queremos ofrecerles el marco para que esto cambie, para que haya lugar para la experimentación y la exploración.

Por todo esto, una de mis tareas más importantes como Guía de Escuela Bosque es la de informar a los padres y cuidadores sobre la importancia del juego libre en el desarrollo de los niños y cómo las estrategias de gestión de riesgos aseguran que el balance entre los beneficios que un niño pueda experimentar con una actividad concreta sean siempre mayores al riesgo que ésta conlleva.

La gestión de riesgos está formada por cuatro elementos básicos:

  • Evaluación del emplazamiento
  • Evaluación diaria
  • Evaluación de las actividades
  • Evaluación dinámica

 

Evaluación del emplazamiento

Al escoger nuestro espacio antes de empezar nuestra actividad debemos realizar una inspección para identificar riesgos y tomar las medidas o acciones necesarias para hacer el espacio suficientemente seguro. Esto no quiere decir que debamos buscar un tramo de bosque que no tenga ningún desnivel pronunciado, ni ramas a la altura de los ojos, ni agujeros escondidos, ni riachuelos… Debemos considerar la edad y nivel madurativo de los participantes y establecer acciones para minimizar riesgos mayores. Puede que no conozcamos a los participantes a priori, pero no nos organizaremos igual si trabajamos con un grupo con necesidades especiales, con un grupo de 2 a 4 años o un grupo de preadolescentes. Esta primera evaluación de riesgos se conoce como evaluación del emplazamiento y se realiza antes de empezar a usar un entorno por primera vez, al empezar la temporada.

Evaluación diaria

Antes de cada sesión (cada día que se visite el espacio) se realizará también un control de riesgos pues entre sesión y sesión es muy probable que se produzcan cambios en el entorno. El viento puede hacer caer ramas y árboles, otros usuarios del bosque pueden haber dejado restos como cristales o excrementos de perro…

Evaluación de las actividades

Además, el guía de Bosque Escuela realiza evaluaciones de riesgo de cada una de las actividades que se lleven a cabo y cuando una actividad presenta un riesgo moderado o alto, se hará un estudio ampliado considerando los beneficios de la actividad.

Evaluación dinámica

Por último, una de nuestras mejores características (desde mi punto de vista) es la flexibilidad para dar respuesta a los intereses y necesidades de nuestros alumnos. Cuando les dejamos fluir van a ir apareciendo retos constantemente y, como guías, debemos actuar rápidamente y de forma dinámica, sin interrumpir las actividades. ¿Qué pasa si a los niños les gustaría ir a explorar una zona próxima a vuestro campamento? ¿Qué pasa si se encuentran un objeto agudo enterrado bajo la tierra? Es imposible prever a priori todas las situaciones que se pueden dar por lo que debemos tener herramientas que nos permitan tomar medidas de forma eficiente y rápida a medida que nos encontramos con nuevos escenarios.

En mi día a día uso mucho la clasificación de riesgos de Ellen Sandseter porqué es simple. Básicamente tenemos 6 tipos de riesgos en función de que impliquen:

  • alturas: que trepen rocas o árboles
  • velocidad: correr en terrenos irregulares
  • herramientas peligrosas: cuchillos, tijeras, sierras…
  • elementos peligrosos: fuego, rocas y piedras, palos nieve, agua (ríos, lagos, lluvia…)
  • juegos bruscos: recrear peleas, lanzar elementos peligrosos
  • alejarse de la persona adulta: no podemos ver qué hacen

Muchas de las situaciones en que la integridad física de nuestros alumnos corre peligro están dentro de estas 6 categorías pero yo le añado una más, tan importante como el resto juntas:

  • integridad emocional. Hay muchas situaciones en que el bienestar emocional de nuestros alumnos puede verse comprometido y es nuestra tarea ofrecerles un buen acompañamiento. No debemos olvidarnos nunca de que debemos velar tanto por el bienestar físico de nuestros alumnos como el emocional.

Esta clasificación nos sirve para tomar consciencia de algunos de los elementos que tendremos que considerar en la evaluación de las actividades y la evaluación dinámica.

¿Cómo se calcula el riesgo?

Para poder hacer estas evaluaciones correctamente hace falta entender también la diferencia entre peligro y riesgo. Un peligro es cualquier cosa que puede provocarnos un daño mientras que el riesgo es la probabilidad de que nos dañemos al estar expuestos a un peligro.

Por ejemplo, usar un cuchillo es un peligro.

¿Cúal es el riesgo? Puedo hacerme cortes superficiales pero podría también generar heridas irreversibles si, por ejemplo, secciono una arteria principal.

Para establecer el nivel de riesgo (alto, moderado o bajo) siempre tenemos en cuenta la severidad de la posible lesión y la probabilidad de que ocurra. Los cortes superficiales son menos graves pero hay una mayor probabilidad de que ocurran mientras que una herida irreversible es improbable pero de gran gravedad.

Así, si consideramos que el usar un cuchillo entraña un riesgo alto, tendremos que tomar medidas:

  • antes de usarlo alguien me explica cómo sujetarlo y me hace una demostración para que no me dañe ni dañe a mis compañeros
  • delimitamos una área específica para el uso de cuchillos
  • durante el uso, hay alguien responsable de supervisar la actividad con el ratio profesor:alumno adecuado
  • más todas todas las acciones que creamos necesarias

Ahora el riesgo de lesionarme disminuye hasta tal punto que los beneficios que me va a aportar realizar la actividad con el cuchillo superan los riesgos. El peligro sigue ahí pero gracias a las medidas tomadas, el riesgo es ahora bajo (aceptable).

En este ejemplo nos encontramos inicialmente con un riesgo alto así que para respaldar nuestras decisiones haremos también una evaluación especial: una evaluación riesgos-beneficios. Ésta nos ayudará a decidir si vamos a usar o no cuchillos con un grupo específico y qué medidas y acciones tomaremos.

La valoración de riesgos siempre tiene un punto subjetivo y es que dos personas pueden valorar un mismo riesgo de forma diferente. Para mi este punto es muy importante pues al final, la valoración de riesgos debe servir para ayudarte a sentirte segura en tu trabajo (o en tu día a día como padre/madre). Es cierto que en determinadas situaciones se puede considerar un mero trámite burocrático para cubrirse las espaldas o para cumplir con los requisitos de un seguro pero desde mi punto de vista la evaluación de riesgos me sirve para determinar dónde están mis propios límites. Como guía debo conocer los límites de mis alumnos para ayudarles a superarse y moverlos milímetro a milímetro pero también debo conocer en qué situaciones me siento cómoda y en cuáles no. ¿Estoy preparada para usar herramientas? ¿Que hago si los niños usan los palos como armas? ¿Que pasa cuando hace mucho viento? ¿Pueden subir a lo alto de un árbol de 10 metros? No hay una única respuesta para cada una de estas preguntas y no sólo depende del niño en cuestión, depende también de la experiencia personal de cada uno de los guías.

Estos tarros de cristal estaban enterrados y los niños los recogieron porqué querían decorar su cabaña. En este caso les dejamos conservarlos. Nunca se rompieron.

Cuando fui madre por primera vez hace ya más de 13 años recuerdo que todo me hacía sufrir: ver a mi hijo correr cuesta abajo cuando aún se caía a cada cuatro pasos, que se subiera a un tobogán que era 5 veces más alto que él… con los años y sobretodo con la experiencia (con mis hijos y con muchos otros niños) mi percepción sobre el riesgo ha ido virando y ahora no tengo problema en acompañar a niños de 3 y 4 años que usan cuchillos para trabajar la madera. Por el camino he tenido que aprender a morderme la lengua pues a menudo se me escapaba un ¡ten cuidado! o ¡vigila!. En mi blog personal te hablo de ello pero antes de que te vayas me gustaría que me explicaras qué es lo que te hace sufrir a ti.

En mi experiencia como guía de escuela bosque, una de las situaciones que me cuestan es cuando los niños usan los palos como espadas/armas y hay padres presentes (sesiones para familias). Es curioso cómo cuando sólo hay alumnos, me resulta fácil, pero cuando estoy acompañando a familias la cosa se complica puesto que cada familia tiene sus propias expectativas y miedos. Con el tiempo me he dado cuenta de que a menudo las familias de los niños que “pelean” se sienten incómodas y ahora, antes de solucionar las luchas (si es que de verdad hace falta intervenir) mi prioridad es hablar con las familias para que se sientan relajadas y confiadas. A veces, el mayor riesgo no afecta al bienestar físico sino al bienestar emocional (aunque a priori parezca lo contrario) ¿Qué es lo que te resulta complicado a ti?

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PARA SABER MÁS

EBH., Sandseter (2007) Categorising risky play—how can we identify risk‐taking in children’s play?, European Early Childhood Education Research Journal, 15:2, 237-252, DOI: 10.1080/13502930701321733

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